El chip olfativo de Intel, Loihi, promete ser toda una revolución sensorial entre la intersección de la ingeniería y la biotecnología. Un chip neuromórfico que no solo imita la complejidad del cerebro humano sino que también tiene la capacidad de “oler”.
Desarrollado en colaboración con la Universidad de Cornell y con una matriz de 72 sensores químicos, el algoritmo procesa los datos recogidos, permitiendo al sistema identificar hasta diez sustancias químicas peligrosas, incluso en presencia de otros olores que podrían enmascararlas.
La computación neuromórfica imita la estructura y función del cerebro humano, utilizando circuitos electrónicos para replicar el comportamiento de las neuronas y las sinapsis. Pero su complejidad y la necesidad de sensores adicionales también plantean desafíos en términos de coste y viabilidad a gran escala.
La pregunta que debemos hacernos no es si esta tecnología es asombrosa, porque claro que lo es, sino cómo podemos integrarla de manera ética y efectiva en la infraestructura existente, considerando que su aplicación va desde la seguridad pública hasta la medicina, incluso la detección de sustancias tóxicas en entornos industriales.